La mayor influencia sobre mi idea de felicidad llegó en una charla con mi abuelo, ese tipo de conversaciones que quedan dando vueltas mucho tiempo. Siempre fue de compartir consejos de vida auténticos, sin vueltas ni adornos. En medio de una tarde cualquiera, soltó una frase que todavía tengo presente:
«Ser feliz es estar disfrutando el momento en el que estás. No perder el tiempo haciendo cosas que no te gustan.»
Esa manera tan directa de ver las cosas me hizo pensar en cómo, muchas veces, se nos escapan los días sin encontrarle el gusto a lo que hacemos.
Según los datos de Emilio Duró para Aprendemos Juntos, los chicos se ríen entre 200 y 300 veces al día, mientras que los adultos apenas llegan a 20 en todo un mes. Es un dato que muestra lo fácil que es dejar de lado esa capacidad de disfrutar la vida con el paso del tiempo.
Ser feliz no es escapar: La charla en la pileta
Buscar la felicidad como escape suele terminar en una sensación de vacío, mientras que elegir estar presente implica aceptar lo que toca y decidir con intención. Ser feliz no pasa por dejar todo atrás o arrancar de cero cada vez. Es más bien notar esos instantes que valen la pena y no llenarse de compromisos que pesan. En la vida cotidiana, esto se ve reflejado en situaciones como:
- Disfrutar una comida en familia sin mirar el celular
- Sumergirse en un libro solo por el placer de leer
- Caminar sin preocuparse por la hora
No perder el tiempo haciendo cosas que no disfruto
Valorar el tiempo siempre pesa más que cualquier temor al fracaso. En mi experiencia, el miedo real no está en equivocarse, sino en ver pasar los días ocupados en cosas que no nos llenan. Mi abuelo suele recomendar hacer una pausa y revisar qué prioridades tenemos. Él insiste en mirar de cerca cómo usamos nuestro tiempo y en poner en primer plano aquello que nos suma felicidad.
Me parece importante dejar en claro una idea que a veces se pasa por alto:
- No pongas en juego tu bienestar por tareas o compromisos que no te identifican.
Elegir el presente y no correr sin sentido
Vivir a las corridas, sin tener claro si el tiempo realmente suma, puede dejar una sensación de vacío. Muchas veces la agenda se llena de actividades con la idea de que ahí está la felicidad, aunque lo fundamental suele quedar de lado: prestar atención a lo que pasa ahora. La enseñanza de mi abuelo fue un freno necesario, ese momento para preguntarme si todo lo que hago realmente aporta algo valioso a mi vida. Elegir el presente es donde, para mí, se encuentra la felicidad.


























